Bangkok es la ciudad que más viajeros internacionales recibe del planeta, y se nota en cuanto pones un pie en ella: templos cubiertos de mosaico junto a centros comerciales de doce plantas, barcos que cruzan el río Chao Phraya entre rascacielos y puestos de comida que no cierran nunca.
Fundada como capital del reino de Siam en 1782 por el rey Rama I, creció alrededor de una red de canales, los khlongs, que le valieron el apodo de la Venecia de Oriente. Muchos se rellenaron para convertirse en avenidas, pero en la orilla de Thonburi todavía hay casas de madera sobre pilotes y familias que se mueven en barca.
La ciudad se entiende por capas. En la isla de Rattanakosin está el corazón histórico, con el Gran Palacio y los templos más venerados. Chinatown late con joyerías de oro y cocinas al aire libre. Siam y Sukhumvit son el Bangkok moderno, de centros comerciales, tren elevado y azoteas con vistas. Y entre medias, barrios residenciales donde la vida sigue girando alrededor del mercado y del templo del barrio.
Comer es la gran experiencia de Bangkok. Hay puestos callejeros con décadas de historia que sirven un único plato perfeccionado durante generaciones, y restaurantes de alta cocina tailandesa entre los mejores de Asia. Lo habitual es comer varias veces al día en pequeñas raciones, y el precio rara vez supera lo que cuesta un café en Europa.
El clima marca el ritmo: calor húmedo todo el año, lluvias fuertes pero breves de junio a octubre y una temporada fresca y seca de noviembre a febrero, la mejor para visitarla. Lo más inteligente es madrugar para los templos, refugiarse del calor a mediodía en un museo o un masaje y salir de nuevo cuando cae el sol, que es cuando la ciudad cobra vida.